El Contexto Internacional de Uribe


El cuatrienio del presidente Uribe que acaba de comenzar se va a desarrollar en medio de un escenario internacional muy complejo. Muchas de las iniciativas del gobierno estarán condicionadas por dicho contexto y del mismo dependerá, en buena medida, que pueda seguir gozando de la popularidad que reclama. La agenda interna de Uribe, al igual que en su primer periodo, estará atada a las características del entorno internacional. Brevemente, quiero señalar las tres tendencias más protuberantes del escenario internacional.

 

Primero, la guerra contra el terrorismo declarada por Bush en 2001 –secundada internacionalmente y copiada internamente por Uribe– se encuentra en una encrucijada que terminará afectando la viabilidad de la política de seguridad del presidente colombiano e indirectamente los escenarios del conflicto interno y la paz. Existe una contradicción entre el fracaso de la estrategia de los Estados Unidos en Irak, por una parte, y la creciente inestabilidad política en Oriente Medio. La primera tiene a deslegitimar el uso de la fuerza en la solución de conflictos, mientras que la segunda, especialmente a partir de la invasión de Israel al Líbano, tiene a reforzar la idea de que el sistema internacional es incapaz de contener las demostraciones de fuerza tanto de las organizaciones armadas no estatales como de los Estados Unidos y sus aliados. Una consecuencia de esta tensión puede conducir a la reducción de la ayuda militar de los Estados Unidos a Colombia.

 

No se puede perder de vista, además, que la guerra contra el terrorismo –y su corolario expansionista – ha conducido a la reestructuración del sistema internacional en términos de la pérdida de relevancia del sistema multilateral y la configuración de nuevas alianzas a nivel internacional (por ejemplo China, Rusia e Irán, eje alrededor del cual se mueve con familiaridad nuestro vecino venezolano).

 

 

Segundo, se observa un retroceso en los procesos de liberalización e integración comercial. En la región asistimos a la crisis de MERCOSUR y la progresiva desintegración de la CAN. Aún cuando el gobierno colombiano consiguió culminar la negociación de un TLC con los Estados Unidos, su aprobación por parte del Congreso de los Estados Unidos aún es incierta, como lo evidencia el temor del propio presidente colombiano. Por otra parte, las relaciones comerciales bilaterales con Venezuela se mueven al vaivén de las diferencias políticas entre los dos gobiernos. No puede dejarse de lado el fracaso rotundo que tuvo recientemente la Ronda de Doha, en la cual se negociaba, especialmente, el tema de los subsidios agrícolas en las economías más desarrolladas, tema de gran sensibilidad para los países menos desarrollados.

 

 

Tercero, Uribe sigue siendo un caso atípico en la región. La ausencia de un número importante de mandatarios latinoamericanos durante su posesión es un indicador del clima político que este enfrentará en la región. No se puede desconocer que existe una gran afinidad ideológica entre la mayoría de gobiernos suramericanos, en la cual no encaja el gobernante colombiano. La relación privilegiada que tiene Uribe con los Estados Unidos se ha edificado al costo de un aislamiento relativo frente a los países de la región. Hoy en día Colombia está más cerca, políticamente hablando, de Centroamérica que de vecinos estratégicamente importantes para nosotros como Venezuela, Ecuador, Panamá o Brasil. En esta medida, el curso que tome la política de los Estados Unidos a partir de las elecciones parlamentarias de noviembre tendrán un eco en la política regional.

 

A lo anterior deben sumarse los pronósticos por una desaceleración en el ritmo de crecimiento de la economía norteamericana durante los próximos meses (acompañada por un aumento en la inflación y en las tasas de interés), un aumento en los precios internacionales del petróleo y las consecuencias económicas generadas a nivel global por la inestable situación en Oriente Medio.

 

Así como Uribe tuvo la audacia aprovechar un escenario internacional favorable a su política de seguridad, a partir de los hechos ocurridos en septiembre de 2001, ahora tiene el desafío de interpretar los cambios que vienen ocurriendo a nivel global y regional. Porque una cosa es que la invasión de los Estados Unidos a Irak haya conducido a un estruendoso fracaso y otra muy diferente es que haya disminuido la percepción de la amenaza terrorista en los Estados Unidos y Europa, como lo demuestra la crisis en la aviación comercial que observamos el día de hoy al descubrirse un complot terrorista en Inglaterra.


Imagen: geoimages.berkeley.edu

 

 

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