Uribe Quiere Negociar con las Farc?
El esquema de negociación en medio del
conflicto fracasó en el Caguán (como en 1982 y 1987 había fracasado el esquema
de negociación con cese unilateral de hostilidades). Debe recordarse que ese
presupuesto fue acordado y aceptado por ambas partes; nunca se acordó que
habría cese de hostilidades y, al contrario, se decidió que la guerra
continuaría siendo el telón de fondo de la mesa de negociación. Como todos
sabemos, el telón de fondo terminó cubriendo la mesa de negociación y las
conversaciones se rompieron abruptamente.
¿Cuál es la formula
que le propone Álvaro Uribe al país para conseguir la paz?
La formula que propone es una combinación
dosificada de la conocida técnica de “la zanahoria y el garrote”. Vale decir
que es una formula cruda y está lejos de llegar a ser operacional. En todo caso
veamos de qué se trata.
Primero, cese unilateral de hostilidades por parte de la guerrilla (es un
garrote) como precondición para el inicio de las
conversaciones, tal como lo manifestó en su discurso
del 7 de agosto al pedir “hechos de paz.
Esta es una condición que difícilmente se cumplirá en el corto plazo
pues las FARC están todavía lejos de estar derrotadas militarmente (ver análisis de
revista Semana), a menos que el gobierno logre convencer a la guerrilla de
que puede obtener una concesión equiparable en el futuro inmediato (difícil por
el nivel de desconfianza que existe entre las partes).
Segundo, el gobierno ofrece que la negociación se
lleve a cabo en Colombia o en el exterior. Las FARC vienen diciendo desde hace
tres años que no adelantarán negociaciones en el exterior. Al contrario, exigen la desmilitarización de
una zona del país para la realización de las negociaciones (en el caso del
acuerdo humanitario). Sin embargo, esta exigencia es un imposible político para
el actual gobierno; es difícil imaginarse que acceda a conceder una zona
desmilitarizada equivalente al Caguán del año 2001. ¿Se imaginan cuanto tempo
se requerirá solamente para definir el lugar y las condiciones de las
negociaciones?
Tercero, el gobierno estaría dispuesto a convocar
a una asamblea
nacional constituyente al final del proceso, según nos informa la revista Semana
que se encuentra actualmente en circulación. Esta es la típica zanahoria a la
que ha apelado el establecimiento desde 1990 para seducir a la guerrilla. Le
funcionó a Gaviria, la prometió Pastrana y ahora vuelve a salir como opción con Uribe. Creo que ese
no es un objetivo de la negociación sino un resultado posible del proceso. Me
parece que las FARC están suficientemente curtidas como para tragarse esta
zanahoria desde el primer momento. Esta es una opción que sería muy atractiva
para el ELN, aunque no habría proporcionalidad frente a sus actuales
condiciones militares.
¿Cuáles son las
debilidades de la propuesta presidencial?
Pero si el gobierno espera realmente que las
FARC declaren el cese del fuego para iniciar negociaciones debería pensar
seriamente en ofrecerles una concesión que logre estimular su ingreso a la
negociación. Y no se trata solamente de aceptar la existencia del conflicto
armado. ¿Las FARC aceptarían un cese unilateral del fuego a cambio, por
ejemplo, de la liberación de un grupo de sus combatientes detenidos en las
cárceles colombianas? ¿La opinión pública, que ha sido moldeada pacientemente por
el actual gobierno, toleraría una decisión en ese sentido o en otro similar? Si
lo hace el presidente con la popularidad que todavía le asiste, es posible que
la opinión pública aguante ese gesto, como ha aceptado algunos aún más
difíciles de digerir que hemos observado en el contexto de la desmovilización
(¿) de los paramilitares. Pero, como dijimos al principio, aquí hay mucha tela
por donde cortar y lo que hay sobre la mesa todavía es demasiado crudo. No
olvidemos que en este campo el gobierno es muy dado a la improvisación y a los
acuerdos a puerta cerrada.
¿Pero, qué ofrece el gobierno a cambio del cese
del fuego de las FARC? El gobierno ofrece una ofensiva militar. Cierto. Durante
la conmemoración del día del ejército, escuchamos en el discurso
del presidente del pasado 9 de agosto: “Apreciados soldados: hoy más que
nunca tenemos que vivir en la iniciativa, con toda la agresividad y con toda la
transparencia. Agresividad con transparencia, iniciativa con fiereza y con
transparencia”, y remató diciendo, “No hay mejor camino para la paz, no hay
tránsito más eficaz hacia la paz, que la victoria transparente en la seguridad,
obtenida a través de la abnegada lucha de los soldados de la Patria”. En
víspera de la pasada elección presidencial también había dicho: “En estos
cuatro años las FARC ya probaron el desayuno y saben lo que les espera para el
almuerzo, por eso el mismo 28 de mayo, si gano la elección, las convocaré a que
le den al país una muestra de paz”.
¿Las FARC harán la concesión que les pide el
gobierno? La prueba reina de su debilidad sería que aceptaran las condiciones
que quiere imponer el gobierno. De manera que si la hipótesis del gobierno es
cierta, si es cierta la idea que nos vende de que las FARC están derrotadas,
pues le declaración de cese de hostilidades por parte de las FARC se produciría
prácticamente en cuestión de pocas semanas. ¿En realidad alguien sensato en
Colombia cree que en este momento va a producirse esa noticia? No lo creo.
¿Es un problema de
método?
¿Por qué el gobierno propone una estrategia de
paz tan cuestionable? ¿Por ingenuidad? ¿Su “propuesta” forma parte de una
técnica de regateo? Algunos piensan que el presidente tiene a su favor todas
las condiciones para iniciar un proceso de negociación exitoso con las FARC:
respaldo popular, político, militar, empresarial e internacional. Y creen que
va a utilizar ese capital porque quiere pasar –realmente– a la historia. Yo no
comparto esa opinión. Pero también otros analistas –ahí me incluyo– dudan de la
verdadera voluntad política del presidente.
Una prueba de ello podría ser la torpeza
política y la falta de estrategia que significó la extradición de Ovidio
Palmera (Simón Trinidad) y de Nayibe Rojas (Sonia). Con esa decisión el
gobierno buscaba dar un golpe a las FARC en el terreno de la guerra sicológica.
Fue un buen golpe táctico, pero también fue una piedra gigantesca que se
atravesó al intercambio humanitario y a la negociación con las FARC. De pasó se
cedió una carta de negociación a una potencia extranjera. Otra prueba puede ser el énfasis que existe
todavía en el discurso y la política de seguridad. Si bien es cierto que el
país puede y debe adelantar las negociaciones en un contexto de seguridad
ciudadana, no es menos cierto que cuando llegue el momento será necesario
aclimatar las negociaciones. Y no estamos todavía en ese punto.
¿No sería más serio manifestar una voluntad
indeclinable de paz y poner en manos de un grupo de países mediadores la
difícil tarea de crear un escenario de negociación? Esa es una alternativa que
ha rehusado sistemáticamente el Estado colombiano porque la percibe como una
cesión de soberanía y porque implica darle un reconocimiento político a la
guerrilla. Sin embargo, así el gobierno continúe llamado terroristas a las
FARC, todos sabemos que la paz será el resultado de una negociación de tipo
político. Hasta los jefes paramilitares reconocen que esa es una realidad
ineludible. Si se supera ese prejuicio frente al reconocimiento de su estatuto
político, se abriría un verdadero camino hacia la negociación. Lo único que se
requeriría sería la manifestación simultánea de una voluntad de negociar, y
cambiar las condiciones de participación del grupo de países facilitadores del
acuerdo humanitario (Francia, España y Suiza).
Pero el problema no está en el método sino en
que el presidente Uribe cree íntimamente que es posible derrotar militarmente a
las FARC. Un objetivo que el establecimiento ha venido buscando sin éxito desde
hace cuarenta años y que, según los expertos, continúa tan lejano como al
principio. Máxime ahora, en que podría reducirse la ayuda militar de los
Estados Unidos, en que el 64% de los
colombianos es favorable a la solución negociada del conflicto armado, en que
hay síntomas inequívocos de baja moral en las fuerzas militares (acordémonos de
Cajamarca, Guaitarilla o Jamundí) y en que la supremacía política de Uribe no
es tan clara como lo era en el 2002.










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