Violencia e Inversión en Colombia

Cuando se menciona que la violencia en Colombia —el conflicto armado—  tiene relación directa  con los intereses económicos dominantes nacionales e internacionales, inmediatamente se piensa que este tipo de tésis está asociada a las posiciones que históricamente han defendido los sectores más ortodoxos de la izquierda.  Esto conlleva un inmediato rechazo por parte de quienes de entrada se consideran críticos de tales posiciones, sin siquiera deterse a revisar la evidencia que puede encontrarse al alcance de la mano.  Esto viene a propósito de dos refererencias recientes sobre Putumayo y Chocó.

Adam Isacson, del Centro para la Política Internacional, regresó esta semana del Putumayo. Él ofrece un análisis muy completo e interesante sobre la situación actual en este departamento, particularmente en el contexto de la erradicación de cultivos ilegales y su correlación con el desarrrollo del conflicto armado en esa misma región.  Su conclusión general es que ha habido una reducción sustancial del área cultivada con coca y que ha disminuido la violencia, aunque reconoce que a nivel nacional se observa el mismo fenómeno que viene ocurriendo dede hace más de veinte años y que consiste en que la producción se adapta fácilmente a las condiciones de erradicación y se mueve de una región a otra. Naturalmente, en este momento no se trata de discutir la validez de la asperción aérea y la utilidad misma de la guerra contra las drogas, prácticas que han demostrado hasta la saciedad sus puntos débiles: por el daño ambiental, la primera, y por su inutilidad, la segunda.

Lo que me interesa señalar hoy es un comentario que hace Isacson y que voy a intentar traducir, esperando respetar el sentido de sus palabras. Dice él (la traducción, por supuesto, no es oficial y solo se hace con fines ilustrativos) que "para las comunidades indígenas de Putumayo, cada uno de esos eventos [se refiere a las bonanzas que históricamente ha experimentado esa región: quina, caucho, coca] ha significado la llegada de forasteros, el despojo de sus tierras, el desplazamiento de su territorio, y el debilitamiento del tejido social y de sus tradiciones culturales. No sorprende, entonces, que ellos interpreten el Plan Colombia como algo inseparable del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, de los grandes inversionistas (especialmente en petróleo) y que teman  la llegada de "megaproyectos" que podrían expulsarlos de su tierra". La interpretación de los indígenas es acertada. Puesto en términos simples, y por supuesto es nuetra interpretación y esto no lo dice Isacson, el Plan Colombia fue la avanzada militar para crear condiciones favorables para la llegada de la inversión extranjera a através del TLC. Es la fórmula del despojo, el desplazamiento y la violencia al servicio de la inversión extranjera.

Amarro lo anterior con unas cortas declaraciones que dió un jefe paramilitar, alias "el alemán", y que fueron publicadas por Noticias RCN el pasado miércoles. Preguntaba él, a propósito de la violencia y el desplazamiento, esta vez en el Chocó, por qué los medios de comunicación no averiguaban quienes estaban detrás de los nuevos cultivos de palma africana en esa región (hablamos de miles de hectáreas) y qué papel habían cumplido los paramilitares en relación con esos negocios. El reto lo lanzaba de forma  desafiente, como dando a entender que los paramilitares no eran responsables exclusivos de la violencia ni eran los  directos beneficiarios. Y creo que no hay que tener todas las pruebas en la mano para saber que es cierto. La violencia paramilitar no se puede entender si se separa de los intereses económicos y políticos que la impulsaron.  En este caso se trata de los mismo que ocurrió en Putumayo.

Esa es la historia que está por escribirse. Esa es la realidad que los medios de comunicación, al servicio de los grandes grupos económicos, jamás investigarán y publicarán. Es una realidad que se conoce en los recintos académicos y que aparece en publicaciones especializadas de reducida circulación. Y lamentablemente es una realidad que, por supuesto, no denuncian las dilianfranciscas del momento, porque forman parte del mismo circuito.

 

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