Narcotraficantes o Paramilitares: los Colombianos Quieren la Verdad

Sorprende la facilidad con que en Colombia nos
hemos acostumbrado a perder de vista los puntos de referencia importantes. De
ahí creo que viene nuestra desorientación como opinión pública, la cual se
refuerza con los intereses de los grandes medios de comunicación, cada vez más
“entrepiernados” con el poder político y con los poderes económicos.
Es lo que pasa, por ejemplo, con el actual
proceso de sometimiento a la justicia de un grupo de narcotraficantes que se ha
puesto bajo el paraguas de las AUC y simula, junto con el gobierno de Álvaro
Uribe Vélez, que se trata de una negociación de tipo político y entre “partes
en conflicto”. Para entender cómo se
llegó a este “Estado simulado” vale la pena tener un ojo puesto en la relación
que ha existido entre el paramilitarismo, el narcotráfico, el Estado colombiano
y el gobierno de los Estados Unidos.
El origen del paramilitarismo es claro y sobre
ello existe consenso tanto desde el punto de vista académico como periodístico.
Recordémoslo brevemente: el primer antecedente se sitúa en la conformación del grupo
Muerte a Secuestradores (MAS) en 1981 por Pablo Escobar y los hermanos Ochoa; posteriormente,
Gonzalo Rodríguez Gacha y Escobar promueven las “Autodefensas del Magdalena
Medio”.
En ese momento el ejército colombiano facilitó
el ingreso al país de ex oficiales del ejército israelí, como Yair Klein, con
el propósito de entrenar al primer “grupo de autodefensa” (el mismo Carlos
Castaño tomó los primeros cursos y viajó poco tiempo después a Israel a
perfeccionar su entrenamiento militar), aunque las cabezas visibles del
paramilitarismo durante los ochentas fueron Fidel Castaño y Henry de Jesús
Pérez. Si existe interés por conocer más a fondo los vínculos entre militares y
paramilitares pueden usar este link.
Ese fue el núcleo del paramilitarismo que desató el terror, primero en el Magdalena Medio, después en el Urabá antioqueño y finalmente en el resto del país. El éxito que tuvieron en el Magdalena Medio, al conseguir expulsar a la guerrilla de una zona que se había convertido en uno de sus principales bastiones, y consolidar su posición a través de ACDEGAM, demostró que la guerrilla podía derrotarse y fue un estímulo para que la alianza buscara replicar la misma experiencia en otras zonas del país.

El fenómeno paramilitar se multiplicó
rápidamente. En 1988 César Gaviria, como Ministro de Gobierno de Virgilio
Barco, denunció la existencia en el país de más de 163 grupos paramilitares a
lo largo y ancho del país. Durante la década del ochenta los paramilitares
fueron responsables de decenas de masacres.
Esos primeros grupos paramilitares sirvieron
como ejércitos privados de la “clase emergente” del momento, que no era otra
que los narcotraficantes convertidos en terratenientes y gamonales locales. Sus
enemigos eran los grupos guerrilleros (FARC, Eln, Epl y M-19), en cuanto ellos
buscaban beneficiarse de las rentas de los nuevos terratenientes a través de la
extorsión y el secuestro. Las Fuerzas Militares de Colombia en ese momento
continuaban absolutamente imbuidas por los principios y prácticas de la
Doctrina de Seguridad Nacional y su enemigo era el mismo enemigo de los
narcotraficantes-terratenientes.
También hay que recordar que para ese momento el
país todavía era un peón en el juego global de la Guerra Fría. Pero fue en el
nivel local que se produjo, en principio, la identidad de intereses —la alianza
estratégica— entre las fuerzas militares y los nacientes grupos paramilitares.
Existía, además, una base legal que le había permitido a las fuerzas militares
patrocinar la formación de esos “grupos de autodefensa”.
Lo interesante es que la guerra declarada por
los Estados Unidos contra el narcotráfico, y acogida silenciosamente por los
diferentes gobiernos colombianos, no afectó sustancialmente la alianza entre
fuerzas militares y grupos paramilitares, y esta alianza no fue un obstáculo
insalvable para las relaciones bilaterales de Colombia y los Estados Unidos. Al
contrario, los grupos paramilitares terminaron por convertirse en el Sexta
División de las Fuerzas Armadas y los Estados Unidos asumieron la creciente
crisis de derechos humanos en Colombia como un coste marginal de la política
antidrogas y del conflicto de baja intensidad que se libraba en Colombia.
En desarrollo de esa alianza los paramilitares combatieron
a la guerrilla bajo la orientación, con la complicidad o con la complacencia de
las Fuerzas Militares. Así, la órbita de
acción de los paramilitares se amplió constantemente en la medida en que los
intereses de los narcos y de las fuerzas militares se cruzaban con la presencia
de la guerrilla.

Fuerzas militares y grupos paramilitares acordaron
una eficiente distribución y especialización del trabajo, donde a estos últimos
les correspondió encargarse de practicar la “guerra sucia”, entendiendo por
ello la represión de las bases sociales, políticas y logísticas de la
guerrilla, y de todos aquellos sectores que percibieran como directa o
indirectamente vinculados o afines a la guerrilla.
Con el nacimiento en 1984 de la Unión
Patriótica (UP), como producto de los acuerdos de paz entre las FARC y el
gobierno de Belisario Betancur, sus militantes y simpatizantes se convirtieron automáticamente
en objetivo militar. Más de 3.000 miembros de la UP fueron asesinados como
resultado de la guerra sucia desde 1985.
Con la muerte de Rodríguez Gacha y Escobar —lo
que significó la ruptura del Cartel de Medellín tal como se conoció hasta 1993—,
con la atomización de los grandes carteles en pequeños carteles, con el
surgimiento de una segunda generación de narcotraficantes y con el
fortalecimiento de los grupos paramilitares, se produjo un cambio cualitativo
en el proceso evolutivo de estos últimos. Pero lo que vale la pena mencionar en
este momento es la complementariedad que se produce entre los líderes
paramilitares y las autoridades estadounidenses.
Entre 1992 y 1993 el Bloque de Búsqueda
(Policía Nacional y Ejército), el Delta Force de los Estados Unidos y los Pepes
(“perseguidos por Pablo Escobar”, antiguos socios de Escobar, en ese momento
convertidos en sus enemigos como resultado del asesinato de los hermanos
Moncada y Galeano en La Catedral) actuaron mancomunadamente con el propósito de
dar de baja a Escobar. Quienes comandaban los pepes eran Carlos Castaño y Diego
Fernando Murillo (“Don Berna”, antiguo guardaespaldas de Fernando Galeano,
socio de Escobar) y fueron ellos los responsables de aplicar las tácticas
paramilitares en la cacería de Escobar.
Delta Force, a través de procedimientos de
inteligencia electrónica, conseguía información que transmitía al Bloque de
Búsqueda y este, a su vez, la transmitía a los Pepes. Valiéndose de esa
información, los Pepes
ejecutaron extrajudicialmente a decenas de colaboradores y auxiliadores de Escobar.
El método fue el mismo que habían perfeccionado anteriormente frente a la
guerrilla en regiones como el Magdalena Medio, Urabá y los Llanos Orientales y,
sin duda, resultó efectivo para aislar a Escobar, facilitar su ubicación y
darlo de baja.
Las relaciones entre Delta Force y los
Pepes dieron origen a investigaciones en los Estados Unidos que finalmente
no condujeron a nada. Los miembros del grupo fueron distribuidos en diferentes unidades
militares y el asunto se silenció. Sin embargo, como señal de reconocimiento, en
1993 los Estados Unidos le otorgaron a Carlos Castaño una visa para visitar ese
país, la cual utilizó para llevar de paseo a su familia a Disney.
Posteriormente, Diego Murillo recibió también una visa, la cual empleó
en 1993 para viajar a Los Angeles.
Pero tal vez lo más interesante es que entre
1999 y 2002 Carlos Castaño participó activamente en el denominado “Programa
de rehabilitación de narcotraficantes colombianos”, a través del cual canalizó
la entrega de 114 narcos colombianos a la justicia de los Estados Unidos. El
informante y mediador Baruch Vega dice que el objetivo del programa era
financiar a las AUC mediante un programa de operaciones encubiertas, al igual
que ocurrió en el caso
Irán-Contras entre 1985 y 1986.
Castaño fue el contacto entre los narcos y Nicolás
Bergonzoli, quien a su vez los refirió a la DEA por intermedio de Vega. El
programa existió y aunque se manejaba con perfil bajo estaba institucionalizado
a través del Blitz
Committee. Cuando fue denunciado
públicamente en el 2002, salió a la luz que el programa tenía muchos
contradictores dentro del gobierno americano y finalmente fue desmontado. Para
ese momento muchos narcos colombianos se habían quedado por fuera de la
negociación con la justicia de los Estados Unidos.
La divulgación del Programa dejó al descubierto
también, y esto es lo más importante por destacar, que en paralelo con las
medidas oficiales contra el narcotráfico (la guerra contra las drogas en
Colombia, la fumigación de cultivos, la interdicción marítima y aérea, etc.),
los Estados Unidos llevaron a cabo una masiva
negociación judicial con narcotraficantes colombianos tendiente al
desmonte de los carteles en Colombia.
Dicha negociación se realizó directamente entre
las autoridades del Departamento de Justicia de los Estados Unidos y los narcos
colombianos. Vale decir, sin la participación de las autoridades colombianas y
con la intermediación de Castaño. Los términos de la negociación incluían, en
algunos casos, el otorgamiento de una nueva identidad a los narcotraficantes y
el ingreso a un programa especial de testigos, la entrega de rutas y
laboratorios, la cooperación con la justicia, el pago de elevadas multas y la
legalización de una parte de sus fortunas.
Pero, como se mencionó anteriormente, no todos
los principales narcotraficantes se acogieron al Programa, puede suponerse que bien
porque no los aceptaron o bien porque no les interesaban los términos del
acuerdo.
Con la inminente llegada a la presidencia de
Colombia de Álvaro Uribe Vélez en el 2002, se abrió una nueva oportunidad para
Carlos Castaño. En el 2001 inició una agresiva ofensiva de medios, que no era
otra cosa que la ambientación de los eventos que se desencadenarían algunos
meses más adelante.
En septiembre de 2002 Castaño denunció que las
AUC estaban infiltradas por el narcotráfico y anunció que si llegara a ser
solicitado en extradición colaboraría con la justicia de los Estados Unidos. A
los pocos días los Estados Unidos solicitó la detención provisional con fines
de extradición de Castaño y Mancuso. En
octubre de 2002 las AUC declaran el cese al fuego e inician negociaciones con
el gobierno de Uribe. En diciembre se produce la primera desmovilización. El
primero de abril de 2004 los Estados Unidos formalizan la solicitud de
extradición de Mancuso y el 16 de abril desaparece Castaño. Sólo en junio de
2005 los Estados Unidos piden en extradición a Diego Murillo.
En síntesis, Castaño cooperó con las autoridades
de los Estados Unidos al menos entre 1992 y el 2002. Entre 1992 y 1993 colaboró con Delta Force y
con el Bloque de Búsqueda en la captura de Escobar, cuando dirigía los Pepes
junto a “Don Berna”. En 1993 recibió una visa del gobierno de los Estados
Unidos. Entre 1999 y 2002 colabora con
un programa del Departamento de Justicia
y facilita la entrega de 114 narcos colombianos a la justicia de los
Estados Unidos.
Como consecuencia de lo anterior, las AUC se financiaron a finales de los noventas con recursos de un fondo de operaciones encubiertas del gobierno de los Estados Unidos, alimentado con dólares de los narcotraficantes colombianos. En el 2002 Castaño denuncia ante los Estados Unidos que las AUC están infiltradas por el narcotráfico y declara su voluntad de entregarse a la justicia de ese país.

La anterior es una parte importante del
contexto de la “negociación” del gobierno colombiano con los grupos
paramilitares. ¿Cuál es la conclusión a la que se puede llegar después de
revisar estos antecedentes? La principal
es que la “desmovilización de los grupos de autodefensa” no existe como tal.
La desmovilización de algunos grupos
paramilitares oculta el proceso de sometimiento a la justicia de un grupo de
importantes narcotraficantes colombianos.
Este proceso de sometimiento a la justicia es un nuevo intento por
desmontar los carteles del narcotráfico en Colombia, cuyo antecedente inmediato
se encuentra en la negociación llevada a cabo entre 1999 y 2002 por el
Departamento de Justicia de los Estados Unidos y 114 narcotraficantes
colombianos.
Es posible que los narcotraficantes colombianos
que se ampararon bajo el paraguas de las AUC hubieran llegado a la conclusión,
en algún momento entre 1999 y el 2002, que les resultaba menos costoso y más
beneficioso someterse a la justicia de Colombia que a la de los Estados
Unidos. En Colombia podrían conseguir
una rebaja sustancial en sus condenas, conservarían un porcentaje mayor de sus
fortunas y aumentarían su influencia político a nivel local y regional.
El único obstáculo es la extradición. Pero si consiguieran impulsar una nueva
reforma constitucional que prohibiera la extradición y tuvieran una
representación política que les permitiera defender políticamente dicha
prohibición en el futuro, sin duda resultaría más beneficio para ellos someterse
a la justicia colombiana que a la de los Estados Unidos. Esa es la escena que
estamos observando los colombianos en este momento.
¿Cuál es el papel de los Estados Unidos en
esto? Primero, hay que decir que los Estados Unidos tienen “rabo de paja”. Lo
tienen porque ellos han negociado con los narcotraficantes y porque metieron la
mano directa o indirectamente en el auge del paramilitarismo. Ellos lo
saben y la administración Bush no está exenta de que se le abra un nuevo frente
en este campo, lo cual sería nefasto especialmente en vísperas de las
elecciones de noviembre próximo.
Pero además, algo que pesa mucho es que el
gobierno colombiano, salvo en este punto, se ha plegado completamente a las
indicaciones de los Estados Unidos. Los resultados así lo demuestran:
- Es
el gobierno que ha autorizado el mayor número de extradiciones de
nacionales en la historia.
- Ha
fumigado el mayor número de hectáreas de cultivos ilícitos en la historia.
- Es
el principal aliado de los Estados Unidos en Suramérica, particularmente
en una coyuntura en que han surgido en la región gobiernos con una
política exterior autónoma.
¿Qué papel juega el gobierno de Álvaro Uribe?
Pues es este gobierno el que firmó acuerdos con los “paramilitares”, el que
sancionó la Ley de Justicia y Paz, el que decide a quien extradita y a quien
no, el que dice quienes son voceros paramilitares así antes los declarara
narcotraficantes. Existe una conjura.
El
rey está desnudo.










Magnífico recuento del tema paramilitar.Coincide con la exposición de Petro y aclara mucho el fenómeno-
Reply to this