Las Guerras del Australopithecus
El conflicto árabe-israelí nos habla todos los días sobre la inutilidad de la guerra, sobre los nuevos peligros que se esconden detrás de una guerra sin límites legales o morales, y sobre los alcances globales de la guerra asimétrica. Por supuesto, es inútil comparar ese conflicto con el de Colombia, pues se trata de situaciones completamente diferentes en sus orígenes y alcances, y en su contexto histórico y geopolítico. Aún así, hay un aspecto que debe llamarnos poderosamente la atención y es el de los límites de la acción del Estado en la "guerra contra el terrorismo".
El Washington Post de ayer domingo 27 de agosto trae un reportaje muy interesante de Laura Blumenfeld ("In Israel, a divisive struggle over targeted killing") sobre las "operaciones quirúrgicas contra el terrorismo" que inició Israel en 2002, donde muestra los dilemas morales que han enfrentado los líderes israelíes al llevarlas a cabo y la forma como los han resuelto. Estas "operaciones quirúrgicas" son los ataques selectivos que lleva a cabo la fuerza aérea israelí contra blancos civiles señalados como terroristas, y que usualmente conllevan la muerte de civiles ajenos al conflicto.
Blumenfeld reseña las dicusiones internas dentro del gabinete israelí sobre la legitimidad de tomar vidas de inocentes dentro del objetivo de eliminar "terroristas" y cómo en un momento el gobierno de Israel decide contratar a un filósofo para que ofrezca una guía ética para combatir el terrorismo, a un matemático para que escriba la fórmula para determinar el número de bajas civiles aceptables por cada terrorista muerto y a un abogado para que establezca en cuáles casos las muertes de dichos terroristas son legales.
El asesor legal concluyó que las muertes son legales en seis casos:

Una vez a la semana la inteligencia militar añade nuevos nombres a la lista de "candidatos" y prácticamente todos los días el general Moshe Yaalon, el jefe militar de gabinete entre el 2002 y 2005, tenía que decidir quien viviría y quien moriría: "podríamos arrestarlo? quién es prioritario, este o aquél?". Al principio la lista estaba limitada a los "hombres-bomba" pero con el paso de los años se amplió a quienes fabrican las bombas y a quienes planean los ataques. Cuando le preguntan a cuántos ha matado, responde: "cientos, cientos".
Todas las personas mencionadas en el reportaje aceptan que es muy difícil tomar esas decisiones y que tienen dudas aún después de haberlo hecho.
Después de que el primer ministro aprueba los nombres de los "objetivos", el nombre se incluye en una lista laminada que los comandantes llevan en sus bolsillos, y se le abre un archivo con instrucciones sobre cuándo y dónde puede ser asesinado.
Cada operación involucra a 200 personas, miles de horas de trabajo humano y cuesta un millón de dólares. Después de cada operación exitosa, la única preocupación es: "bien, ahora quien sigue?". Dice la reportera que una vez terminaron un asesinato a las 5:30 a.m. y el jefe de la operación dijo: "que vamos a hecer el resto del día?".
Para algunos en el gobierno el terrorismo es un barril con fondo: si se capturan o asesinan suficientes terroristas el problema podría resolverse. Para otros el barril no tiene fondo y algunos creen que la única forma de llegar al fondo del barril es a través de la educación; estos últimos critican la posición según la cual la única solución es "matar, matar, matar".
El matemático no pudo cumplir su misión. En todo caso en el gobierno israelí estiman que la relación aceptable es un promedio de 3,14 civiles muertos por cada terrorista muerto. Si entre los civiles hay niños, el número es menor. El actual comandante de la fuerza aérea dice que la eficiencia ha mejorado entre el 2002 y el 2005, al pasar de un civil muerto por cada terrorista muerto a uno por cada 25, gracias a la sofisticación de la tecnología. Calculan que por cada terrorista muerto o detenido, se salvan entre 16 y 20 vidas y otras 100 personas se salvan de resultar heridas.
Es probable que algunos lectores de la reseña que acabo de hacer crean que esta es producto de la fantasía. Eso me ocurrió a mí cuando leí al artículo. En realidad se trata de una versión apretada de la publicación del Washington Post; intenté ser lo más fiel a la versión original. Por supuesto se trata de una traducción libre y no oficial.
Lo que me interesa señalar es el punto hasta donde ha llegado la sofisticación de la maquinaria de guerra por defender las "razones de Estado", la impunidad frente a crimenes que tienen un carácter internacional y el predominio de un orden basado exclusivamente en el uso de la fuerza. Por ningún lado se menciona el Derecho Internacional, el debido proceso, los tribunales de justicia, etc. Simplemente se trata de la legalización de la pena de muerte con carácter supranacional. Ojo, no se trata de defender a quienes el gobierno de Israel, y en agunos casos también otros gobiernos, han declarado como "terroristas". Se trata de los métodos que se han validado para llevar a cabo esa guerra y que nos sitúan como civilización mucho más cerca del Australopithecus que del Homo sapiens. Sorprende especielmente viniendo de un país que sufrió en carne propia uno de los mayores exterminios sistemáticos promovidos desde un Estado "moderno".
El Washington Post de ayer domingo 27 de agosto trae un reportaje muy interesante de Laura Blumenfeld ("In Israel, a divisive struggle over targeted killing") sobre las "operaciones quirúrgicas contra el terrorismo" que inició Israel en 2002, donde muestra los dilemas morales que han enfrentado los líderes israelíes al llevarlas a cabo y la forma como los han resuelto. Estas "operaciones quirúrgicas" son los ataques selectivos que lleva a cabo la fuerza aérea israelí contra blancos civiles señalados como terroristas, y que usualmente conllevan la muerte de civiles ajenos al conflicto.
Blumenfeld reseña las dicusiones internas dentro del gabinete israelí sobre la legitimidad de tomar vidas de inocentes dentro del objetivo de eliminar "terroristas" y cómo en un momento el gobierno de Israel decide contratar a un filósofo para que ofrezca una guía ética para combatir el terrorismo, a un matemático para que escriba la fórmula para determinar el número de bajas civiles aceptables por cada terrorista muerto y a un abogado para que establezca en cuáles casos las muertes de dichos terroristas son legales.
El asesor legal concluyó que las muertes son legales en seis casos:
- Cuando es imposible realizar el arresto.
- Cuando los objetivos son combatientes.
- Cuando los ataques han sido aprobados por miembros del gabinete.
- Cuando el número de víctimas civiles es mínimo.
- Cuando las operaciones se llevan a cabo en áreas que no se encuentran bajo control de Israel.
- Cuando los objetivos son identificados como una amenaza futura.

Una vez a la semana la inteligencia militar añade nuevos nombres a la lista de "candidatos" y prácticamente todos los días el general Moshe Yaalon, el jefe militar de gabinete entre el 2002 y 2005, tenía que decidir quien viviría y quien moriría: "podríamos arrestarlo? quién es prioritario, este o aquél?". Al principio la lista estaba limitada a los "hombres-bomba" pero con el paso de los años se amplió a quienes fabrican las bombas y a quienes planean los ataques. Cuando le preguntan a cuántos ha matado, responde: "cientos, cientos".
Todas las personas mencionadas en el reportaje aceptan que es muy difícil tomar esas decisiones y que tienen dudas aún después de haberlo hecho.
Después de que el primer ministro aprueba los nombres de los "objetivos", el nombre se incluye en una lista laminada que los comandantes llevan en sus bolsillos, y se le abre un archivo con instrucciones sobre cuándo y dónde puede ser asesinado.
Cada operación involucra a 200 personas, miles de horas de trabajo humano y cuesta un millón de dólares. Después de cada operación exitosa, la única preocupación es: "bien, ahora quien sigue?". Dice la reportera que una vez terminaron un asesinato a las 5:30 a.m. y el jefe de la operación dijo: "que vamos a hecer el resto del día?".
Para algunos en el gobierno el terrorismo es un barril con fondo: si se capturan o asesinan suficientes terroristas el problema podría resolverse. Para otros el barril no tiene fondo y algunos creen que la única forma de llegar al fondo del barril es a través de la educación; estos últimos critican la posición según la cual la única solución es "matar, matar, matar".
El matemático no pudo cumplir su misión. En todo caso en el gobierno israelí estiman que la relación aceptable es un promedio de 3,14 civiles muertos por cada terrorista muerto. Si entre los civiles hay niños, el número es menor. El actual comandante de la fuerza aérea dice que la eficiencia ha mejorado entre el 2002 y el 2005, al pasar de un civil muerto por cada terrorista muerto a uno por cada 25, gracias a la sofisticación de la tecnología. Calculan que por cada terrorista muerto o detenido, se salvan entre 16 y 20 vidas y otras 100 personas se salvan de resultar heridas.
Es probable que algunos lectores de la reseña que acabo de hacer crean que esta es producto de la fantasía. Eso me ocurrió a mí cuando leí al artículo. En realidad se trata de una versión apretada de la publicación del Washington Post; intenté ser lo más fiel a la versión original. Por supuesto se trata de una traducción libre y no oficial.
Lo que me interesa señalar es el punto hasta donde ha llegado la sofisticación de la maquinaria de guerra por defender las "razones de Estado", la impunidad frente a crimenes que tienen un carácter internacional y el predominio de un orden basado exclusivamente en el uso de la fuerza. Por ningún lado se menciona el Derecho Internacional, el debido proceso, los tribunales de justicia, etc. Simplemente se trata de la legalización de la pena de muerte con carácter supranacional. Ojo, no se trata de defender a quienes el gobierno de Israel, y en agunos casos también otros gobiernos, han declarado como "terroristas". Se trata de los métodos que se han validado para llevar a cabo esa guerra y que nos sitúan como civilización mucho más cerca del Australopithecus que del Homo sapiens. Sorprende especielmente viniendo de un país que sufrió en carne propia uno de los mayores exterminios sistemáticos promovidos desde un Estado "moderno".










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