Los Escuderos del Presidente

Es muy curioso hacia dónde está arrojando el proceso político a los dos sucesores naturales de Álvaro Uribe. Al parcelar sus fuerzas políticas para movilizar un mayor número de votos durante la pasada campaña presidencial, Uribe terminó generando una competencia que aunque al principio parecía sana, ahora amenaza con romper en pedazos la alianza gobernante y con convertirse en una fuente permanente de problemas para el gobierno. 

En su momento el presidente-candidato tomó la decisión de ir a las urnas con el respaldo de diferentes "partidos" políticos y puso sobre los hombros de Juan Manuel Santos y Germán Vargas Lleras la responsabilidad de canalizar el respaldo popular que tenía el presidente hacia su reelección. Evidentemente alcanzaron la meta, pero el presidente —que es quien debería hacerlo— fue incapaz de limar las asperezas  que se generaron entre las dos figuras durante la campaña, justamente para garantizar la unidad de la alianza con miras al ejercicio del gobierno.

Claro, el meollo del asunto está en que no existen los cacareados "nuevos partidos". Existe sí un nuevo marco legal que tiende a agrupar las fuerzas políticas y existe una denominación formal —Cambio Radical, Partido de la U, etc.—, que en realidad tenía un propósito exclusivamente electoral. Porque entre otras razones, los partidos políticos suelen fundarse a partir de la convergencia de ideas, proyectos o programas políticos. Pero no como en nuestro medio, donde los partidos se crean como empresas electorales, sin otro factor de cohesión diferente a ganar unas elecciones y administrar unos puestos y unos contratos públicos.

Por eso nuestras estrellas están como están. Santos, como ministro de una cartera que desde 1991 se ha manejado más con criterio gerencial que político ( si no, vean cómo termino la fugaz cartera de Fernando Botero), desde donde pareciera que quiere, ahora sí por fin, sentar las bases definitivas para su llegada al palacio presidencial.  Porque el personaje cree que llegó a "mandar", cuando tiene a un general en la Casa de Nariño y a unos veinte generales en el mando de la tropa. La jugada que le hizo al general Mario Montoya fue poco elegante y es solo cuestión de tiempo para que le pasen la cuenta de cobro. Ahora mismo ha puesto bajo la mira de la opinión y de la oposición en el Congreso a las Fuerzas Militares, e indirectamente a la política de seguridad del gobierno y a la figura del presidente. Y esto es empezando, porque ni siquiera se ha cumplido la hora de los cien días de gobierno.

Los congresistas del partido de la U incluso han dicho que no se sienten representados con Santos en el gobierno. Se le ve demasiado preocupado con su propia agenda.  Es voraz, tiene un gran apetito de poder. El Ministerio va a aumentarle —muy probablemente—  su imagen desfavorable, que ya es elevada, siempre lo ha sido, y no va a aumentar la favorable, que es escasa.

Su rival no está en mejores condiciones. Vargas, como senador con la mayor fuerza política en el Congreso, también quiere llegar a la presidencia "cómo sea y con quien sea". No bien instalado su jefe político (el de antes?) en la silla presidencial, no tuvo ningún rubor en aliarse con quienes se suponen que representan una parte de la oposición, el Partido Liberal, para llevarse el primer round en el Congreso. La elección de los magistrados del Consejo Electoral nos mostró de cuerpo entero el coraje del guerrero y la ambición del politiquero. Con ese gesto el gobierno ya sabe lo que le corre pierna arriba. Ahora está más enfrentado al gobierno; dice que renuncia a su escolta porque no confía en el DAS, que sospecha de la participación de miembros de las Fuerzas Militares en el último atentado en su contra (del primero ya se sabe que fue el montaje de un informante), que no confía tampoco en el Ministro de Defensa y hasta amenazó con salir prácticamente al exilio (en realidad quiere hacer el curso en Harvard que todos creen que les dará respetabilidad; el que hicieron Uribe, Pastrana, Noemí, y hasta de pronto Santos).

Vargas tiene una maquinaria política poderosa. Ya la puso a prueba. Ese es el cambio radical.

Parte del transfugismo de Vargas tiene que ver con su competencia con Santos y con la falta de claridad o debida mediación de Uribe. Otra parte tiene que ver con sus propias ambiciones. Santos está rindiéndole cuentas al Congreso por su propia torpeza. Pero el conflicto personal por el poder que existe entre ellos es un problema más para el gobierno.

Este es, grosso modo,  el panorama general de los escuderos del presidente. Como dicen por ahí: con esos amigos para que enemigos.  Ellos forman parte del paisaje de desolación que configura las primeras semanas de un gobierno que apenas empieza, pero que se vislumbra oscuro, confuso y sin norte. Bueno, Norte es tal vez lo único que tiene.

 

 

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