Pero si el
proceso de sometimiento a la justicia de las AUC está enredado, no luce mejor
el panorama de un eventual Acuerdo Humanitario. La posibilidad de que este se
realice y que además abra las puertas para una negociación
con las FARC se encuentra todavía en pañales. Dados los antecedentes que hemos
observado durante los últimos cuatro años, de dilaciones, posiciones cerradas,
ausencia de compromiso y falta de voluntad política de las partes, puede esperarse
que esos sigan siendo las características de este tema durante las próximas
semanas. Es muy difícil saber si en realidad se concretará el Acuerdo en el corto plazo
o no. Pero resulta más difícil aún conservar el optimismo.
El gobierno
ha sido suficientemente elusivo durante cuatro años en este tema como para que
ahora se vaya a arriesgar a dar rápidamente un giro de 180 grados, aún con la
presión interna e internacional. Hay algunas señales de que quiere llegar al
acuerdo y otras de que no quiere hacerlo. El contexto político es favorable al
acuerdo, pero el presidente sigue atrapado en una red que él mismo construyó y que le resta
flexibilidad. Sigue apegado a un lenguaje que no es favorable a la generación
de confianza, pero sobre todo, sigue apostándole a la política de seguridad como medio para imponer
sus condiciones a las FARC.
Después de
los comunicados públicos de ambas partes emitidos la semana pasada y que fueron
reseñados en un post
anterior, el Acuerdo Humanitario ha sido el tema preferido de los comentaristas
y analistas políticos en los últimos días. Se han discutido ampliamente los
beneficios, desventajas y riesgos del Acuerdo; y se han sentado posiciones de
rechazo y apoyo. En cierta medida ese es un ejercicio que le da legitimidad al
proceso, pero que el mismo tiempo lo somete a presiones innecesarias en este
punto que van en contravía de la reserva que necesitan este tipo de
situaciones.
A veces,
incluso, pareciera que cuando el gobierno discute públicamente las posiciones
divergentes lo que busca en realidad es presentar los argumentos en contra del
Acuerdo y reforzar la percepción de
riesgo político que tiene el gobierno. Otras veces, hace declaraciones que
dejan entrever su desinterés en generar un mínimo margen de confianza para
llegar al Acuerdo.
El fin de
semana anterior (el 7 de octubre) en un consejo comunitario en Puerto Asís
(Putumayo), y a propósito del debate público en el que se enfrascó con el
candidato presidencial ecuatoriano Rafael Correa, Uribe reiteró una vez más que
“la
guerrilla sí es terrorista” y denunció la “maliciosa coquetería de la
guerrilla colombiana con la hermana nación ecuatoriana”.
-Estaría
dispuesto a aceptar que la zona de encuentro esté bajo la protección y
vigilancia de una delegación internacional.
-Si
en la zona de encuentro no hay soldados armados, tampoco habrá guerrilleros
armados.
-Ha
autorizado al Alto Comisionado para la Paz para entrar en contacto con las FARC
para acordar las condiciones de la zona de encuentro y cuál sería “la expresión
de buena fe previa de la FARC para poder avanzar en ese proceso”.
-No
se pueden tratar en igualdad de condiciones a los miembros de las FARC presos
en las cárceles que a los secuestrados en poder de ese grupo guerrillero.
-El
gobierno tiene limitaciones constitucionales y jurídicas, que le impiden
liberar a toda clase de presos.
-Las
decisiones políticas que adopte el gobierno no pueden desmotivar la política de
seguridad.
-Los
miembros de las FARC que se liberen no pueden regresar al monte.
Con
respecto a Ricardo Palmera (Simón Trinidad) y Nayibe Rojas (Sonia) dijo que hay
unos temas del Acuerdo que dependen del gobierno colombiano y otros que dependen
de la legislación de los Estados Unidos.
Uno de los
principales escollos, según la opinión expresada por Daniel
García en El Espectador, es que “Uribe
dice que está dispuesto a despejar, pero que antes se deben acordar las
condiciones, mientras que las FARC insisten en que primero se debe despejar
para luego pactar las condiciones”. Para García no es necesaria una
reunión previa para acordar las condiciones de la zona de encuentro. Dice que
la zona debe tener un tiempo limitado y previamente definido; debe contarse con
una comisión verificadora internacional; y destaca que las FARC hayan abierto
la puerta a una negociación de paz con posterioridad al Acuerdo Humanitario y
que el gobierno haya establecido un horizonte al hablar de una constituyente. Concluye que “las conductas erráticas del
Ejecutivo dejan dudas sobre la solidez de las decisiones y/o la unidad del
equipo de gobierno. Se conoce que en materia de arrogancia y prepotencia, el
Gobierno compite con las Farc. Ambos actúan más por sus cálculos
político-militares que por acatamiento a los principios humanitarios”,
aunque acepta que las dinámicas de diálogo cobran vida propia.
Se percibe un escepticismo similar en la posición de Alfredo
Molano, para quien “el Acuerdo Humanitario y las negociaciones de paz con
las FARC están lejos.” Para él el principal obstáculo para el Acuerdo se
desprende del hecho de que “una buena cantidad de insurgentes están incursos,
como dicen los abogados, en delitos atroces o de lesa humanidad y estas
connotaciones son parte del hueso duro del trámite. El Gobierno pediría a su
vez no sólo los retenidos o rehenes o como se les diga, sino a los mil y pico
de secuestrados que las guerrillas tienen. Ese paso hará más difícil el canje.
Pero donde la cuestión es más espinosa aun, es el intercambio de Simón y Sonia
por los tres mercenarios presos en las selvas”.
El miércoles 11 de octubre Raúl
Reyes, en declaraciones a Telesur, acusó al gobierno de no tener voluntad política
apara adelantar el Acuerdo Humanitario. Sus principales posiciones fueron las
siguientes:
-El gobierno está mezclando el
Acuerdo Humanitario con las negociaciones de paz: “'(Uribe) mezcló los dos temas, tanto lo que tiene que
ver el despeje de los dos municipios, como lo que puede ser la segunda etapa
(de la negociación de paz) como es la liberación total de los prisioneros''.
-Acusó la descoordinación del gobierno y la falta de
claridad en sus posiciones: ''No es una buena presentación, que el presidente
Uribe diga una cosa, los ministros otra y el alto mando militar también, lo que
evidencia la falta de voluntad política en cuanto al canje”.
-Los guerrilleros liberados retornarán al seno de la
guerrilla: ''los guerrilleros serán recibidos por los voceros nuestros e
igualmente se entregaran los del Gobierno a sus representantes''.
-Insiste en la desmilitarización de los dos municipios
como prerrequisito para que se inicien los diálogos que conducirían al Acuerdo.
En síntesis:
la ilusión parecería que comienza a desvanecerse. Una vez superada la
expectativa y llegados al terreno de la materialización de la voluntad política,
pareciera que nos encontramos en un punto muy cercano al de hace un año. Gobierno
y guerrilla siguen aferrados a sus posiciones iniciales. Los dos utilizan sus
declaraciones y sus manifestaciones de voluntad política como recursos de
propaganda. El gobierno sigue encerrado entre las paredes de su doctrina de seguridad, que ha reforzado con errores como haber extraditado a Palmera y Rojas. La guerrilla, como sostiene Molano, se siente fuerte después de haber resistido las embestidas del Plan Colombia y el Plan Patriota. El saldo neto es un empantanamiento prolongado de la situación actual.
Mientras tanto, los
secuestrados siguen en el monte.
Tiene ustedes un gran sitio, muy estetico y de buen contenido
Saludos
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Muchas gracias por su comentario. Esperamos que regrese pronto.
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