La Gran Parranda Parapolítica

A las élites colombianas les pasó con los paramilitares lo mismo que les ocurrió con los narcotraficantes en los ochentas, y es que lo que empezó como una gran parranda (fiesta) terminó en un gran guayabo (resaca o ratón). La cohabitación entre líderes políticos, agroindustriales, ganaderos y narcotraficantes alrededor de la defensa de sus intereses comunes mediante la organización de ejércitos privados fue, durante muchos años, una fórmula exitosa, que garantizó la viabilidad de sus negocios y la reducción del temido "riesgo político".

Brindaron, celebraron y en en medio de la parranda y la algarabía no le dieron mayor importancia a la estela de destrucción y muerte que el jolgorio dejaba a su paso. Para eso alcanzaron un control casi absoluto sobre los poderes públicos y gran influencia sobre los medios de comunicación, para ocultar los crímenes, desviar las investigaciones y, en fin, para poner todos los recursos a su alcance a fin de coronar su sueño dorado: un país que se pudiera seguir administrando como una hacienda, con un sistema judicial débil, sin  una oposición significativa y con los intereses corporativos representados en un directorio con la apariencia formal de cuerpo parlamentario.

En los años ochentas el país comentaba en los cocteles y en las reuniones familiares los excesos de los narcotraficantes como parte del folclore nacional. Los narcotraficantes fueron vistos como parte de la picaresca criolla y lentamente fueron aceptados en los altos circulos sociales por la gracia y el poder corruptor de su dinero. Esa parranda solo fue interrumpida por los bombazos grotescos de Escobar y por el eco agónico de sus víctimas: magistrados, jueces, periodistas, policías, candidatos presidenciales, y un interminable etcétera.

El mismo y largo etcétera de los que al mismo tiempo sucumbieron al espejismo traqueto, dentro de la doble moral que caracteriza a la sociedad colombiana. Por eso no causa extrañeza que por cada hombre y mujer íntegro que cayó abatido por las balas asesinas, decenas  ingresaron ávidamente en la parranda. Esto no se menciona en la historia oficial porque sonaría como un insulto hacia las víctimas; cuando el insulto ha sido la complacencia y debilidad de la dirigencia nacional.

El gran "acierto" del proyecto paramilitar es que consiguió meter en la misma parranda a un gran porcentaje de esa dirigencia. Como en las fiestas populares, todos terminaron bailando al son de bandas y papayeras sin preocuparse mucho de que el vecino o la pareja de baile fuera narcoparamilitar. Lo que importaba era que la parranda fuera buena, sin importar quien ponía la bebida, la comida y la música.

Y como parranda sin pelea no es parranda, poco importaban los disparos y los escádalos que se escuchaban tras las trompetas, tambores o acordeones. Los gritos de Mejor Esquina, Honduras, La Negra, las Tangas, El Tomate, La Rochela, Pueblo Bello, La Chinita, Mapiripán, y otro largo y doloroso etcétera, no lograron hacerse escuchar por encima de los "ay hombe!" de la parranda nacional. Se escucharon más en Bruselas, Nueva York y Washington, y por eso una de las primeras decisiones del actual gobierno consistió en deslegitimar a las ONGs que defienden los derechos humanos y meter en el congelador la jurisdicción de la Corte Penal Internacional.

Por eso no causa la menor sorpresa que hoy el senador Alvaro Araujo reconozca, sin la menor verguenza, que ha sido compañero de parranda del temible "Jorge 40". Y por ahí derechito la princesa triste, la bella y cándida Conchi, terminará descubriendo los vientos que impulsaron su llegada a la cancillería colombiana.

Por eso tampoco sorprende que el temor se haya instalado en el Congreso y el alto gobierno, ante la posibilidad de que la Corte Suprema de Justicia y la Fiscalía General de la Nación siga vinculando a la clase política en sus investigaciones sobre los vínculos entre la dirigencia política y los grupos paramilitares.

La parranda estuvo buena, y alcanzó su clímax en Santa Fe de Ralito. Pero ahora, al parecer, la justicia colombiana le está "aguando la fiesta" a la política-narcoparamilitar. Lo que viene ahora es el guayabo. Solo que este no se cura ni con sancocho ni con Alka-Seltzer.

 Technorati 

 

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