Colombia: Estabilidad o Desastre?
Una de las preocupaciones que comienza a rondar en la cabeza de algunos analistas políticos y económicos tiene que ver con las posibles consecuencias de la crisis política sobre la economía colombiana y el clima de inversión.
Sin duda, un resultado tangible de la
administración Uribe ha sido el mejoramiento del clima para los negocios y el
desempeño general de la economía. En ello, desde la perspectiva del gobierno,
ha jugado un papel central la recuperación de la seguridad en las carreteras y la
percepción general de seguridad, aunque no puede subestimarse la confluencia de
un entorno económico internacional estable y favorable al cumplimiento de las
metas económicas.
La economía colombiana ha crecido de forma
sostenida durante los últimos cuatro años, y para el 2007 tanto el gobierno
como los analistas independientes esperan un crecimiento igual o superior al 6%;
ninguna maravilla desde el punto de vista internacional pero, sin duda, un resultado que sería positivo para el contexto nacional.
La disyuntiva que enfrenta en este momento el
país no es sencilla. Por un lado tenemos la opción de continuar por el camino
que venimos trasegando desde el 2002, con un panorama de estabilidad económica
y crecimiento de la inversión extranjera (aunque algunos cuestionan el origen
de este crecimiento), pero en un contexto de creciente fortalecimiento del
poder presidencial a costa del debilitamiento de las instituciones, de
desbordada paramilitarización del país y con señales de agotamiento de la política
de seguridad.
Por otro lado, tenemos la opción de entrar en
un proceso político que va a implicar la judicialización de miembros del
Congreso y probablemente del Ejecutivo por sus vínculos con los grupos
paramilitares, la reorientación de la negociación con dichos grupos y la
aplicación de la Ley de Justicia y Paz con todos sus efectos desde el punto de
vista del enfrentamiento del país con la verdad histórica del paramilitarismo,
y cuyos efectos probablemente reducirán la capacidad de maniobra política y de
gestión del gobierno, la capacidad
operativa del Congreso y, eventualmente, conducirán a un enfrentamiento entre los
poderes públicos.
Evidentemente, desde la perspectiva del
crecimiento económico y el desempeño de las empresas, la crisis política constituye
un obstáculo y un desincentivo. Se entiende perfectamente que esta sea una
preocupación del gobierno, los empresarios colombianos y los inversionistas
extranjeros. Sin embargo, la otra cara de la moneda está conformada por la
necesidad que tiene el país, para la salud de su sistema político y la
viabilidad de su democracia, de que se profundice al máximo y que se lleven
hasta sus últimas consecuencias las decisiones adoptadas por la Corte
Suprema de Justicia durante las últimas semanas.
Ya se escuchan las voces tremendistas que
claman por la rápida e indolora desactivación de la crisis política por sus
eventuales efectos sobre la gobernabilidad y el clima de inversión.
Lamentablemente, en este caso el remedio de tapar, ocultar y transigir no es una
opción válida ni saludable para el país. Ese camino simplemente nos conducirá a
mayores males en el mediano plazo, así en el corto plazo nos ofrezca el
espejismo de unos estados financieros y unos indicadores macroeconómicos
aparentemente saludables.
El costo de entregar de una forma definitiva el
país a un proyecto narcoparamilitar con proyecciones nacionales, no es
comparable con el costo de hacer la purga política que es necesario hacer de
forma inmediata. Aunque resulte doloroso, el costo de esta última opción es infinitamente menor.
De manera que las alternativas no son
estabilidad económica o desastre. Las alternativas que debemos contemplar son democracia
con estabilidad económica o desastre.
El gobierno no puede jugar ahora a volcar sobre
la oposición la responsabilidad de la crisis política, con sus consecuencias
institucionales y económicas. Se entendería que lo hiciera como una táctica de
defensa política y como un recurso para ventilar sus posiciones frente a los medios. Pero no
sería comprensible, no sería serio ni congruente, que buscara sentar sobre esas
bases la desactivación de la crisis.
El camino
que conduce en este momento a la construcción de una democracia moderna pasa necesariamente
por apoyar decididamente a la Corte Suprema de Justicia y a la Fiscalía General
de la Nación; y por rechazar la narcoparamilitarización del país. Las amenazas
veladas a la oposición y el desconocimiento de la historia nacional, no son fórmulas
que ayudan a mejorar la situación sino a empeorarla.










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