Negociando con Terroristas
La penúltima edición de la revista Foreign
Affairs trae un artículo muy interesente sobre negociación de conflictos que,
aunque tiene una referencia indirecta al caso colombiano, no deja de ser
útil para reflexionar de principio a fin sobre nuestra palpitante actualidad.
Peter R. Neumann desarrolla unos criterios
prácticos, sustentados en una amplia base empírica y conceptual, que permiten
evaluar las posibilidades de éxito que puede llegar a tener una negociación
entre un gobierno democrático y un grupo terrorista (Peter R. Neumann,
Negotiating with terrorists. Foreign Affairs, January/February 2007, pp.
128-138).
Neumann sostiene que independiente de las
razones políticas y teóricas opuestas a la conveniencia de negociar con
terroristas, la realidad es que muchos estados deben hacerlo como un medio para
terminar con la violencia; lo importante, dice el autor, es que dichas
negociaciones se adelanten sin que se establezcan peligrosos antecedentes y sin
desestabilizar el sistema político.
Las posibilidades de éxito dependen de un
conjunto de factores, entre los cuales se destacan las características del
grupo armado, la coyuntura del conflicto y los procedimientos de negociación.
La primera pregunta que se debe hacer el
gobierno es si cuenta con buenos “socios” para hacer la negociación. Ahí es
importante revisar si las bases ideológicas del grupo le permiten hacer
compromisos y si la violencia constituye un fin en sí mismo (lo cual ocurre
usualmente en grupos terroristas de inspiración religiosa) o si, por el
contrario, es un medio para conseguir fines políticos. Dentro de sus bases
ideológicas es igualmente importante revisar su concepto sobre la utilidad de
la violencia.
El análisis de la cohesión interna del grupo es
algo que también permite evaluar su capacidad para alcanzar y ejecutar
compromisos (por ejemplo, por el control sobre su tropa y la influencia sobre
sus bases sociales).
El segundo elemento que resulta fundamental es
el momento o “timing” de la negociación. Para que la negociación tenga mayores
probabilidades de éxito, conviene que el grupo armado se encuentre en una coyuntura estratégica, es decir, que se
encuentre discutiendo internamente la conveniencia o utilidad de la violencia
pero que todavía no se encuentre ad portas de su derrota.
Algunos grupos terroristas pueden escalar la
violencia frente a la amenaza de la derrota inminente, con la creencia de que
tienen poco que perder con una última arremetida (es el punto en que, por
ejemplo, aquellos que tienen armas de destrucción masiva pueden llegar a
emplearlas). Por eso, aunque resulte paradójico, muchas veces puede ser mejor
abrir una negociación con un grupo terrorista, antes que aniquilarlo. En este
punto, Neumann utiliza la negociación entre la administración Pastrana y las
FARC como un ejemplo de un gobierno ansioso por alcanzar un progreso en la
eliminación de la violencia que se movió muy rápidamente ante un signo de
“coyuntura estratégica”.
La enseñaza del caso, según Neumann, es que los
gobiernos deben garantizar primero la existencia de una masa crítica dentro del
grupo armado que cuestione la utilidad de la violencia. No es necesario esperar
hasta que exista un consenso total, pero el gobierno no debe avanzar hasta que
esté seguro que el ala política dentro del grupo tiene mayor influencia que el
ala militar. Por eso, dice el autor, el gobierno debe iniciar negociaciones
formales solo cuando el grupo haya cesado la violencia. Este sería, además, un
indicador de compromiso público que ayudaría a generar la coyuntura política
para la solución del conflicto.

La tercera cuestión tiene que ver con el cómo
de la negociación y con sus procedimientos. Neumann recomienda las sugerencias
de un negociador israelí en Camp David, para quien es útil avanzar con dos
procesos simultáneos, con dos tipos de concesiones.
Uno de los procesos versa sobre los aspectos
sustantivos, donde se encuentran las demandas explícitas del grupo armado, que
debe pasar por el proceso democrático, y eventualmente expresarse por medio de
una Asamblea Constituyente u otra forma similar.
El gobierno debe incluir en el proceso a
algunos partidos de la oposición para evitar que exploten la situación en su
propio beneficio. La experiencia (se cita el ejemplo de España) indica que “la
dificultad para incorporar la participación de estos partidos frecuentemente
es un obstáculo mayor en las
conversaciones”. Se infiere de la
experiencia internacional que si el gobierno no es capaz de incorporar a la
oposición en el proceso, este tiende a percibirse como ilegítimo.
El otro proceso se refiere al proceso de
desmovilización del grupo armado, que normalmente tiene a ser muy problemático,
especialmente porque con frecuencia conduce a soluciones tipo amnistías, que
son normalmente muy impopulares, pero que son convenientes para el gobierno, en
tanto refuerzan la posición del ala política del grupo y quita pretextos para
retornar a la violencia. Por tal razón,
los gobiernos tienden a condicionar las
concesiones en este campo al progreso en el otro.
El artículo obliga al lector colombiano a
hacerse preguntas como las siguientes: ¿Realmente las FARC se encuentran en medio de una “coyuntura
estratégica”, como el gobierno colombiano pretende hacerle creer frecuentemente a la opinión pública? ¿La presión militar es la única alternativa para facilitar el
surgimiento de una masa crítica que cuestione la viabilidad de la lucha armada
al interior de ese grupo?
Por otra parte, ¿Qué tanto peso tuvo la
incapacidad del gobierno para incorporar al Partido Liberal y al Polo
Democrático en la negociaciones con las AUC, en la percepción de ilegitimidad
que se tiene de dicho proceso?
Curiosamente, esos son temas sobre los que
nadie habla en este momento en Colombia.
(Imagen:http://www.2d53.co.uk/blaenauffestiniog/Trawsfynydd%20Branch%201.htm)










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