
Por: Julio Alejandro Camelo
Colombia, en definitiva, es un
país folclórico. Pasamos de lo trágico a lo cómico, quizás a lo intrascendente,
con una facilidad que asombra. De la noticia sobre asesinatos múltiples en
diversas regiones del país, a causa de los enfrentamientos entre paramilitares
y guerrilla o de simples ejecuciones a población civil, se pasa a la
celebración de fiestas regionales o visitas de los reyes de España a Cartagena
de Indias donde se hace un homenaje a García Márquez en sus ochenta años de
vida en el marco del encuentro de Academias de la Lengua, mientras en eldepartamento del Chocó mueren por inanición
muchos niños de pocos años y un Congreso elegido por fusiles trata de aprobar
un Tratado de Libre Comercio cuando en Estados Unidos el Partido Demócrata y su
mayoría se apresuran a negarlo o
modificarlo de una vez sin consulta previa con sus amigos del Sur.
Somos en verdad un pueblo fantástico, quizás fantasmagórico, sin raíces
en la tierra y con el pensamiento volando por los aires o puesto en paraísos
distantes, como buenos herederos de Don Quijote de la Mancha; y sin la ayuda de un Sancho que sí cabalgaba en lo
real. Nuestro pueblo es quijotesco
quizás por ignorancia porque aquí hay intelectuales preparados, graduados en Universidades
de prestigio mundial, economistas hábiles, políticos sutiles, grandes
negociantes. Pero esos conocimientos se quedan en círculos cerrados, no
trascienden a la masa poblacional que es ingenua y, sin saberlo, quijotesca.
Así las cosas hay una barrera infranqueable entre la población y quienes se
dicen sus dirigentes que manipulan todos
los escenarios haciendo ver lo que en
realidad no existe: progreso social, libertad de opinión, democracia auténtica.
Han pasado ya casi doscientos años desde
el grito de Independencia y estamos todavía en escenarios propios de la época
Colonial, dependiendo ya no del Rey de España sino del Imperio Anglosajón, cuya
sede está en Washington.
Sin embargo, no debemos ser pesimistas; de todos modos pensemos
que es hora de aterrizar, de bajar de la nube, de poner los pies y la mente en
la realidad para trabajar por nuestro propio destino y el de millones de
compatriotas que no tiene siquiera una vida decente y un porvenir que valga la
pena. Salgámonos de la pantalla del televisor y echemos a andar por los campos y veredas de un país que, como
los niños del Chocó,necesita comida,
ropa, techo, educación y salud.
Colombia
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