Mestizo: ¡El indio también es Colombia!

POR: LILI MARLEN

Aunque nunca se había visto un desplazamiento de población tan masivo como el de los últimos doce años – unos cuatro millones, sin contar los refugiados  tanto en los países fronterizos como en otras latitudes – este no es un mal nuevo sino más bien crónico en nuestro devenir como país y se haya incrustado en la forma y en los medios de apropiación de la tierra. 

Muchos colombianos tienen la inveterada costumbre de culpar de nuestros males actuales a la colonización española más bien como pretexto para eludir el examen de conciencia que nos lleve a admitir la responsabilidad que nos cabe en la acumulación de tragedias humanitarias, desbordadas hoy.

 La sociedad colombiana es en un 87% mestiza y sin embargo raras veces ha reaccionado ante los atropellos y abusos a los derechos de las etnias originarias de este país, indistintamente del hecho de que los agentes sean colonos, terratenientes, delincuentes o las Fuerzas del Estado. Por el contrario, el mestizo ha sido el peor azote del indio, salvo contadas personas, individualmente o en asociaciones, la regla general es el despojo, desprecio u olvido.

La gran pujanza de la colonización de los territorios "salvajes" hecha por los habitantes de algunos departamentos del país -y de la cual paisas y opitas nos sentimos folclóricamente orgullosos-, fomentó enormemente el abandono de las tierras por parte de los indígenas que luego los "fundadores de patria" se apropiaban. La tierra del indio era tierra de nadie porque el indio era nadie en el espíritu de muchos.

La cosa podía ocurrir así: Bien por concesión del Estado bien por "usucapio" u otras formas de adquisición del dominio, los colonos se hacían a una cantidad determinada de tierra, esta posesión se tornaba luego indeterminada en la medida en que la misma se iba extendiendo hacia los dominios de la tribus locales. En muchos casos hostigaban directamente al indio pero en la mayoría de los casos soltaban el ganado para que se comiera  los cultivos de pan coger de los indígenas.

Los condenaban al hambre y si éstos llegaban a cogerles una res, entonces los ganaderos montaban una cacería contra ellos, mataban algunos indios y en consecuencia los otros tenían que adentrarse más en la selva para poder protegerse. Luego el colono podía extender la cerca y ocupar el dominio legitimado muchas veces en concesiones hechas por el gobierno con la condición de que se construyeran caminos y se adecuaran  riegos y cultivos a cargo del cesionario. 

Muchas de estas matanzas eran practicadas por colonos que no eran más que campesinos expulsados de latifundios por terratenientes del interior del país. El mestizo no podía convivir en paz con el indígena. La exterminación del indio nunca inquietó ni nuestra secular sordera y ceguera social ni al poder político ni al judicial. Para nosotros, sólo el español masacró indios así dice en los libros de Historia.

En los años 60, el general de Gaulle, mayor conocedor de la idiosincrasia mexicana que de la nuestra,  de visita en nuestra patria, creyó hacernos un honor cuando dirigió su discurso al Pueblo indio de Colombia. Valencia, presidente entonces del país, le leyó un discurso restitutorio de nuestra vejada dignidad y en el que se manifestaba parte de un pueblo fiero de su lengua y civilización española. Al terminar el discurso clamó ¡Viva España!

Creo que el colombiano ha sentido siempre un gran complejo de su componente aborigen. Aún hoy día llamar a alguien indio es el peor insulto que se le puede hacer hasta haber transformado el vocablo en "políticamente incorrecto". Ahora suele decirse indígena. Hemos sembrado durante generaciones la vergüenza de indio porque lo consideramos incapaz, ignorante, sumiso y merecedor de su extrema pobreza ya que carece de nuestra codicia por lo que la naturaleza da para todos.

El Estado, hasta ahora dominado por mestizos, ha sido motor de conculcaciones hechas a las comunidades indígenas y afrodescendientes y los ha mantenido en condiciones de extrema pobreza en comparación con otras zonas del país. Está convencido de que tanto el indio como el negro no son dignos tenedores de la tierra y se les conculca sin ningún reparo humano, político o moral para proyectos de la agroindustria o de obras públicas o para concesiones mineras y/o petroleras a las multinacionales extranjeras.

En los años 60 se exterminaba a los guahibos, -las guahibadas- para conceder sus territorios al latifundio y explotación petrolera. En Puerto Gaitán en  los años 70 se enumeraban 10 propuestas de concesiones petroleras por parte de las multinacionales Colombian Cities Service Petroleum Corporation y la Texas Petroleum Company, y el Estado despachó las Fuerzas Centauros contra los indígenas para alejarlos de dichos territorios.

El 13 de septiembre de 2007, en la Asamblea General de la ONU, Colombia se negó a suscribir la Declaración de los Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas. Hoy en día, denuncia Alfredo Molano, en el proyecto de "Recuperación de la Alta Orinoquia", que busca poner en los bolsillos de megaempresarios la bobería de 6'400.000 hectáreas entre los ríos Orinoco, Meta, Vichada y Manacacías, y que el señor Presidente presume despobladas —aun de desplazados—, pero donde viven de esas "tierras ácidas" 54 resguardos indígenas y miles de campesinos y colonos. ¿Alguien pone en duda que estos son crímenes de Estado?.

La sociedad colombiana aún no ha asumido que tiene la obligación de exigir del gobierno, del ejército, de los guerrilleros y de los empresarios el respeto de los derechos fundamentales de las comunidades de las etnias indígenas y afro descendientes. Tenemos la obligación de defender sus principios y su cultura. Desconsiderarlos a ellos es desconsiderarnos a nosotros mismos.

Cuando mestizos, cuarterones y mulatos lanzamos a cualquier persona a modo de improperios    ¡negro, negra, indio etc..! Estamos considerando que el ser de estos orígenes o características es indigno, sucio e insultante luego nuestras raíces son indignas y sucias e insultantes porque esas etnias son componentes de nuestra identidad, forman parte de lo que somos, de nuestra colombianidad. La colombianidad no es ir a beber aguardiente los fines de semana y berrear "..ay que orgulloso me siento de ser un buen colombiano…"

Aunque el indio no lleve una camiseta blanca con un letrero que diga Colombia soy yo, ¡Mestizo, el indio también es Colombia!

 

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