El Mono Jojoy y la paz de Colombia

Cuando aún no se habían terminado de recoger los globos, las serpentinas y el confeti de la fastuosa inauguración presidencial, las FARC le ofrecían su ritual bienvenida al nuevo gobierno con cruentas acciones en Caquetá y Putumayo, recordándole que siguen vivas y que pueden mostrar cierta fortaleza militar. Ayer 23 de septiembre, al comunicar la muerte del Mono Jojoy como resultado de las operaciones militares llevadas a cabo por las Fuerzas Armadas en el Departamento del Meta, desde Nueva York Juan Manuel Santos declaraba ante la prensa mundial que ese era su mensaje de bienvenida a las FARC.

El breve cruce de referencias a la paz negociada entre el Presidente Santos y Alfonso Cano, ocurrido durante las primeras semanas de gobierno, quedó atrás rápidamente para dar paso con mayor vigor al lenguaje de las armas.

La mayoría de los colombianos celebraron efusivamente la muerte de Jojoy, convirtiendo un hecho de sangre en motivo de exaltación de la pasión colombiana. Colombia es un país que se ha acostumbrado muy fácilmente a celebrar la muerte. Recuerdo ahora la exaltación de las muertes de Pablo Escobar y de Raúl Reyes, entre otras.

La muerte de Escobar no nos trajo, como se quiso hacer creer en su momento, el fin del narcotráfico pero sí marcó el final de una etapa del narcoterrorismo. Repito: una etapa del narcoterrorismo. Porque cuando recuerdo la escena de poderosos jefes del narcotráfico sentados a sus anchas en Santa Fe de Ralito no resta sino admitir que el narcoterrorismo siguió gozando de cabal salud muchos años después de la muerte de Escobar. El narcoterrorismo mutó, se transformó y se adaptó al entorno, pero no concluyó. Entre otras razones, porque Colombia es un país que sufre una fuerte adicción a los dólares generados por el narcotráfico y porque los barones de la droga defienden con el terror de las armas sus parcelas de poder.

La muerte de Raúl Reyes, en circunstancias ampliamente conocidas y discutidas en este mismo blog, fue presentada en su momento por la dirigencia nacional como el indicador inobjetable de que comenzábamos a transitar la etapa final del conflicto armado, el “fin del fin”.

Pero cada hilo de sangre que fluye hacia este río de pasión colombiana es insuficiente para ponerle fin al enfrentamiento armado. La guerra y la violencia no han engendrado la paz en Colombia. La galería, hábilmente amansada por sus gobernantes, espera de ellos los trofeos de guerra que le permitan mantener viva la esperanza de la paz.

Los especialistas han terminado por aceptar que las FARC, aunque se demoraron en hacerlo, finalmente se adaptaron a las tácticas y estrategias de la seguridad democrática. Las FARC han recibido fuertes golpes durante los últimos años, pero no están derrotadas.

Con la muerte del Mono Jojoy se dice que ahora sí, con seguridad, las FARC aceptarán su derrota y depondrán las armas. Y mientras tanto, el que muere y el que mata siguen formando parte del mismo ritual de sangre y de violencia que cada uno, desde su propio discurso, insiste en justificar. Mientras tanto, la realidad inocultable nos muestra que el conflicto armado sigue vivo.

El ciclo de la Violencia se cerró con el Frente Nacional, pero a la sombra del despojo, del desplazamiento, de la miseria y de la injusticia, se forjó un movimiento armado con pretensiones revolucionarias. Los hombres y mujeres de las guerrillas liberales dirigidas por Tirofijo, dejados a su suerte por el liderazgo partidista y expulsados por la fuerza militar, con asesoría gringa, de las “repúblicas independientes”, se transforman en pueblo en armas.

Pero la clase dirigente no aprende las lecciones de la historia y hoy como ayer prefiere la imagen de las columnas guerrilleras haciendo dejación de las armas a la solución de las causas profundas de la guerra. Que las tiene. Santos tiene en sus manos la llave de la paz y está por verse si tiene la grandeza de ganar la guerra y conquistar la paz. Porque una guerrilla derrotada y humillada, puede ser que termine doblegándose, pero no garantiza que cerremos para siempre los ciclos de violencia y ese placer colectivo que se desata ante el olor de la sangre. El Estado puede ganar la guerra pero puede perder la paz.

Rojas Pinilla ofreció una amnistía aparentemente generosa a las guerrillas liberales. Pocos meses después muchos de los líderes guerrilleros amnistiados fueron asesinados de forma minuciosa y sistemática. Tirofijo y su gente, recelosos por naturaleza porque también eran colombianos, desconfiaron de las intenciones de la clase dirigente, y no se acogieron a la amnistía ni entregaron las armas. Se salvaron de una traición, se rebelaron, pero no aprendieron completamente la lección. En 1985 pactaron unos acuerdos con el gobierno conservador de Belisario Betancur y avalaron la creación de la Unión Patriótica, para observar al poco tiempo cómo caían asesinados por las balas para-oficiales miles de sus militantes, entre ellos dos candidatos presidenciales, 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales y 11 alcaldes. Silenciados también, de forma minuciosa y sistemática, por las fuerzas para-oficiales o, para decirlo sin más eufemismos, por balas oficiales encubiertas bajo el ropaje paramilitar.

Ahí está el germen de la desconfianza. De la mitad de la desconfianza, porque si algo ha caracterizado a las FARC prácticamente desde su fundación, ha sido precisamente su crudeza, su desconexión con el país urbano, su falta de audacia política, y sus métodos criminales. Hubo un momento en la historia de las FARC en que contaron con la simpatía de campesinos, obreros, estudiantes e intelectuales de la izquierda colombiana. Es evidente que ese momento coincidió con un escenario político nacional e  internacional que cambió radicalmente durante los últimos veinte años.

Pero si fuéramos a identificar en qué momento se desconectaron las FARC de la diversa realidad colombiana, probablemente habría que referirse al secuestro y el boleteo indiscriminados, a las “pescas milagrosas”,  al reclutamiento de menores, a su vinculación con el narcotráfico. Pero tal vez donde se hizo patente su militarismo y su prepotencia fue en el Caguán, durante los diálogos sostenidos con el gobierno de Andrés Pastrana.

Una persona que representaba esa línea estalinista dentro de las FARC y lo peor de sus métodos era, precisamente, el Mono Jojoy. Tal vez ese hecho explique la reacción de la sociedad colombiana ante su muerte. Pero no la justifica, a la luz de los valores humanistas.

Es probable que la dirigencia nacional, a cuyo favor se encuentra ahora el balance de fuerzas,  crea que ahora, una vez más, puede replicar las enseñanzas aprendidas durante 62 años de guerra contrainsurgente: que puede ir descabezando a las FARC de su dirigencia histórica en medio de la confrontación, como hizo con el M-19 y el EPL; que puede arrinconar a sus últimos reductos y forzarlos a la entrega de armas, como hizo con el M-19; que, a diferencia de lo ocurrido con este último, puede evitarse el costo de ceder una parcela de poder político y unos beneficios jurídicos; que ya en la civilidad puede eliminar a mansalva a mandos altos y medios de la guerrilla reconvertidos en movimiento político, como hizo con los amnistiados de los cincuentas, o como hizo con la UP en los ochentas o como hizo con Carlos Pizarro en 1990.

Jaime Bateman juraba antes de morir en Panamá que el M-19 jamás entregaría las armas. Ya sabemos lo que ocurrió después. Las FARC dicen lo mismo hoy, aunque puede suponerse que la diferencia está en la experiencia aprendida de lado y lado del conflicto. Claro que la experiencia no sustituye las realidades militares y políticas de la confrontación.

Por eso no creo que estemos tan cerca del famoso “fin del fin” y, en todo caso, hay tantas heridas abiertas y lo han estado por tanto tiempo, que para alcanzar la prometida “prosperidad democrática” es indispensable facilitar un proceso que permita cerrarlas, mediante la inclusión social, política y económica de lo sectores históricamente marginados.

Seguir creyendo que el conflicto termina con la eliminación física de los guerrilleros, es una fórmula perversa porque delega en las armas del Estado la solución de una situación que no es exclusivamente militar.

Es oportuno advertir que poner de rodillas a las FARC es una meta factible pero que podría tomar aún años. Como es igualmente oportuno prever que abrir un espacio de negociación con los presupuestos que tradicionalmente ha manejado la guerrilla no se corresponde con la actual correlación de fuerzas.

Si la paz se pudiera medir en ríos de sangre, tengo la certeza de que seríamos el país más pacífico del mundo.






 

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