Intento de golpe de Estado en Ecuador: los gorilas no duermen

El intento de golpe de Estado en Ecuador muestra claramente que Rafael Correa enfrenta fuerzas oscuras que han permanecido agazapadas, esperando el momento para atacar el orden institucional y democrático. Con el pretexto de adelantar una protesta de tipo reivindicativo, las fuerzas policiales sembraron el caos en Quito, agrediendo y reteniendo al Presidente constitucional Rafael Correa. Él mismo denunció la intentona golpista y desenmascaró a las fuerzas desestabilizadoras que la impulsan. 

Esas fuerzas, sin duda, recibieron un mensaje alentador después de la institucionalización del golpe de Estado en Honduras. La incapacidad de la comunidad internacional para desactivar el golpe en Honduras viene a mostrarse ahora como un estímulo a las aventuras antidemocráticas. Tal vez por tal razón UNASUR y la OEA se han movido en esta oportunidad con mayor rapidez, pero aún sin la suficiente efectividad.

Llama la atención cómo durante las horas siguientes a  los acontecimientos ocurridos en Ecuador, se conocieron los pronunciamientos claros e inequívocos de los gobiernos de Chile, Argentina, España, México, Perú, en el sentido de rechazar abiertamente cualquier intento de golpe de Estado en Ecuador
y de respaldo a sus instituciones democráticas, representadas en la
figura del Presidente Rafael Correa.

Lamentablemente, en esas primeras horas, la salida del gobierno colombiano fue débil, primero a través del Vicepresidente, luego la Canciller y finalmente el Presidente de la República. El comunicado expedido por la Casa de Nariño dice en su primer punto: "Ante la difícil situación de orden público presentada en la hermana República del Ecuador, el Gobierno de Colombia hace votos por una solución pacífica que conduzca al inmediato restablecimiento del orden público e institucional en el vecino país." Esa es una posición que no podría calificarse propiamente como muy amistosa: no contiene una valoración sobre la democracia, no condena los riesgos de ruptura institucional y centra la atención sobre el orden público. Es un comunicado que deja abiertas las puertas a otros juegos, no propiamente democráticos.

Este no era un momento para pequeñeces, sino para valorar en toda su dimensión la importancia que tiene la democracia para la región.

Queda por saber si la reacción débil y sinuosa del gobierno colombiano, a través de ese comunicado, respondió a una reverberación de la crisis binacional o a una simple, pero lamentable, descoordinación institucional. Ojalá no sea, más bien, un indicador de que aún pesa en la política exterior colombiana la salida en falso que tuvo la Cancillería durante el golpe fallido en Venezuela, cuando a  través de un funcionario menor se reconoció precipitadamente al gobierno golpista.


 

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